sábado, 16 de febrero de 2013

Club de Lectura (2x25)

Te dejamos un nuevo capítulo del libro Flawless, esta vez el capítulo 25.
Si no leíste el capítulo anterior, lo podés leer aquí.
Para comenzar con la lectura, hacé clic en Más Información.



Capítulo 25: La vida surreal, protagonizada por Hanna Marin.

La noche del Sábado, Hanna se montó en el ascensor para subir a su suite en el Philadelphia Four Seasons, sintiéndose tensa, suelta, y brillante.
Acababa de ponerse una envoltura corporal de hierba de limón, le habían hecho un masaje de 80 minutos, y aplicado un tratamiento de bronceado “Besada por el Sol”, todo seguido. El cuidado corporal le hacía sentir ligeramente menos estresada. Eso, y estar lejos de Rosewood… y “A”. Esperanzadoramente estaba lejos de “A”.
Abrió la puerta de su suite de habitación doble y entró. Su padre estaba sentado en el sofá en la parte frontal de la habitación.
—Hey —se levantó—. ¿Cómo te ha ido?
—Maravilloso —Hanna le sonrió, abrumada por la felicidad y la tristeza a la vez. 
Quería contarle cuan agradecida se sentía de que estuvieran otra vez juntos—y aún así, sabía que su futuro con él pendía de una balanza—la balanza de “A”. Con suerte, el haberles contado impulsivamente cosas a Naomi y Riley ayer la mantendría a salvo, ¿pero que si no lo hacía? Quizás debería contarle a su padre la verdad sobre Jenna, antes de que “A” lo hiciera primero.
Apretó los labios y miró la alfombra tímidamente.
—Bueno, tengo que ducharme bien rápido si queremos llegar a tiempo a Le Bec-Fin.
—Un segundo. —su padre se levantó—. Tengo otra sorpresa para ti.
Por instinto, Hanna miró hacia las manos de su padre, esperando que sostuviera un paquete. Quizás era algo para compensar todas esas patéticas tarjetas de cumpleaños. Pero lo único que había en su mano era su teléfono móvil. Entonces se oyó un golpe en la puerta de la suite adjunta.
—¿Tom? ¿Está ella aquí?
Hanna se quedó inmóvil, sintiendo la sangre drenándose de su cabeza. Conocía
esa voz.
—Kate e Isabel están aquí. —su padre susurró emocionado—. Van a venir con nosotros a Le Bec-Fin, y entonces vamos a ir a ver ¡Mamma Mia! ¿No dijiste el jueves que querías verla?
—¡Espera! —Hanna lo bloqueó antes de que llegara a la puerta—. ¿Tú las invitaste?
—Sí —su padre la miró como si estuviera loca—. ¿Quién si no?
“A”, pensó Hanna. Aquello se parecía al estilo de “A”.
—Pero yo pensaba que sólo íbamos a ser tú y yo.
—Nunca dije eso.
Hanna frunció el ceño. Sí, lo hizo. ¿No lo hizo?
—¿Tom? —llamó la voz de Kate. Hanna estaba aliviada de que Kate llamara a su padre Tom, y no Papi, sin embargo apretó su agarre en la muñeca de su padre.
Su padre titubeó en la puerta, sus ojos yendo y viniendo torpemente.
—Pero, quiero decir, Hanna, ellas ya están aquí. Pensé que esto estaría bien.
¿Por qué…?- ¿Por qué pensarías eso? Hanna quiso preguntar. Kate me hace sentir como una mierda y tú me ignoras cuando está cerca. ¡Es por eso que no te he hablado en años!
Pero había tanta confusión y decepción en la cara de su padre. Él probablemente había estado planeando esto durante días. Hanna se quedó mirando las borlas de la alfombra oriental. Su garganta se sentía obstruida, como si se acabara de tragar algo enorme.
—Supongo que deberías dejarles entrar, entonces —murmuró.
Cuando su padre abrió la puerta, Isabel exclamó un grito de alegría, como si ellos hubieran estado separados por galaxias enteras, no sólo estados. Seguía estando demasiado delgada y también bronceada, y los ojos de Hanna se dirigieron inmediatamente a la piedra que tenía en su mano izquierda. Era un anillo del Legado Tiffany de tres quilates—Hanna se sabía el catálogo de pe a pa
Y Kate... Ella estaba más hermosa que nunca. Su vestido a rayas diagonales tenía que ser de la talla dos, y su pelo castaño lacio era incluso más largo que hace unos años. Con gracia puso su bolso Louis Vuitton en una pequeña mesa de la habitación del hotel. Hanna estaba enfurecida. Kate probablemente nunca se había tropezado con sus nuevos Jimmy Choos o resbalado en el suelo de madera después de que la señora de la limpieza lo encerara.
La cara de Kate se veía tensa, como si realmente le molestara estar aquí. Cuando se dio cuenta de la actitud de Hanna, sin embargo, su mirada se suavizó. Miró a Hanna de arriba abajo—desde su estructurada chaqueta Chloé a sus elegantes sandalias—entonces sonrió.
—Hey, Hanna —dijo Kate, su sorpresa obvia–. Wow —colocó su mano sobre el hombro de Hanna pero por suerte no le abrazó. Si lo hubiera hecho, se habría dado cuenta de que Hanna estaba temblando miserablemente.
—Todo se ve tan bien —suspiró Kate, mirando fijamente su menú.
—Efectivamente —se hizo eco el Sr. Martin. Le hizo señas al camarero y pidió una botella de Pinot Grigio. Entonces miró con cariño a Kate, Isabel, y Hanna—. Me alegro de que todos podamos estar aquí. Juntos.
—Es realmente encantador poder volver a verte, Hanna —añadió Isabel.
—Sí —hizo eco Kate—. Realmente lo es.
Hanna bajó la mirada a la delicada cubertería de plata. Era surrealista verlos de nuevo. Y no el agradable, tipo de surreal, sino más bien el de pesadilla surreal, como cuando ese chico Ruso en el libro que Hanna se estaba leyendo para el último año de inglés se despierta y se encuentra que se ha convertido en una cucaracha.
—Cariño, ¿Qué vas a pedir? —preguntó Isabel con su mano sobre la del padre de Hanna. Todavía no podía creerse que su padre estuviera por Isabel. Era tan… poco atractiva. Y demasiado bronceada. Bonita si fueras una modelo, de catorce años, o de Brasil—no si eras una mujer de mediana edad de Maryland.
—Uhm —dijo el Sr. Marin—. ¿Qué es Pintade? ¿Es un pescado?
Hanna hojeó las páginas del menú. No tenía ni idea de que podía comer. Todo o estaba frito o venía con salsa de crema.
—Kate, ¿quieres traducirlo? —Isabel se inclinó hacia la dirección de Hanna—. Kate tiene mucha fluidez.
Por supuesto que sí, pensó Hanna.
—Pasamos el último verano en Paris —explicó Isabel, mirando a Hanna. Hanna se agachó detrás de la carta de vinos. ¿Habían ido a Paris? ¿Su padre, también? —. Hanna, ¿estudias idiomas? —le preguntó Isabel.
—Uhm… —Hanna se encogió de hombros—. Hice un año de español.
Isabel frunció sus labios.
—¿Cuál es tu asignatura favorita en el colegio?
—¿Inglés?
—¡La mía también! —exclamó Kate.
—Kate consiguió el primer premio de inglés de su colegio el año pasado —se jactó Isabel, viéndose muy orgullosa.
—Mamá —se quejó Kate. Miró a Hanna y articuló—: Lo siento.
Hanna todavía no se podía creer como la mirada de molesta de Kate se derritió cuando vio a Hanna. Hanna había puesto esa mirada antes. Como aquella vez en noveno grado cuando su profesora de inglés la ofreció voluntaria a para hacerle una visita a Carlos, el estudiante chileno de intercambio. Hanna irrumpió resentida en la puerta de la oficina para saludarle, seguro que Carlos iba a ser un idiota y reduciría su buen cociente. Cuando llego a la oficina, y vio al chico alto, cabello ondulado, ojos verdes que se veía como si hubiera estado jugando al vóley de playa desde que nació, se irguió y discretamente comprobó su aliento. Kate probablemente pensó que ellas compartían alguna especie de vínculo de chicas lindas.
—¿Realizas actividades extracurriculares? —le preguntó Isabel—. ¿Deportes?
Hanna encogió los hombros.
—No realmente —se había olvidado que Isabel era una de esas madres: Todo sobre lo que hablaban era las clases honorificas de Kate, lenguas, premios, actividades extracurriculares, y así sucesivamente. Era otra cosa más con la que Hanna no podía competir.
—No seas tan modesta —su padre golpeó con el dedo a Hanna en el hombro—. Hizo montones de actividades extracurriculares.
Hanna miró a su padre poniendo los ojos en blanco. Qué, ¿robar?
—¿La clínica de quemados? —dijo en un impulso—. Y tu madre me dijo que te habías unido a un grupo, ¿no?
La boca de Hanna cayó abierta. En un momento de debilidad, le dijo a su madre sobre ir al V Club, como para decir, ¿Ves? En realidad tengo moral. No podía creerse que su madre se lo hubiera contado a su padre.
—Yo… —tartamudeó—. No es nada.
—No es nada —el Sr. Martin apuntó con su tenedor a Hanna.
—Papá —siseó Hanna.
Los demás miraron expectantes. Los abultados ojos de Isabel se ampliaron. Kate tenía un pequeño amago de risa en su cara, pero sus ojos se veían compasivos.
Hanna miró la cesta de panes. Al diablo, pensó, y se metió un panecillo en su boca.
—Es un club de abstinencia, ¿vale? —soltó, su boca llena de masa y semillas de ababol. Entonces se puso de pie—. Muchas gracias, papá.
—¡Hanna! —su padre empujó la silla hacia atrás y se quedó de pie a mitad de camino, pero Hanna siguió andando. Porque se había tragado su pequeña historia de ¿pasemos un fin de semana juntos? Era como la última vez, cuando su padre la había llamado a Hanna un cochinillo. Y pensar lo que había arriesgado para estar aquí—¡les había contado a esas zorras que había vomitado tres veces por día! ¡Eso ni siquiera era verdad!
Se empujó a través de la puerta del baño, se lanzó hacia uno de los compartimentos, y se arrodilló frente a un inodoro. Su estomagó gorgoteó, y sintió la necesidad de encargarse de él. Cálmate, se dijo a sí misma, mirándose borrosa a su propio reflejo en el agua del inodoro. Puedes con esto. Hanna se volvió a poner de pie, su mandíbula temblando, lagrimas amenazando con salir de sus ojos. Si sólo pudiera quedarse en este baño durante el resto de la noche.
Dejémosles que tengan el fin de semana especial de Hanna sin ella. Su teléfono sonó.
Lo sacó de su bolso y lo puso en silencio. Entonces su estómago se encogió.
Tenía un e-mail de una dirección irreconociblemente familiar.

Como ayer seguiste mis órdenes tan bien, considera esto un regalo: Ve a Foxy, ahora.
Sean está allí con otra chica —A.

Estaba petrificada, casi deja caer su teléfono al suelo de mármol del baño.
Llamó a Mona. Todavía no se hablaban—Hanna ni siquiera le había dicho a Mona que no iba a ir a Foxy—y Mona no respondió. Hanna colgó, tan frustrada tiró su móvil contra el suelo. ¿Con quién podría estar Sean? ¿Naomi? ¿Alguna zorra del V Club?
Salió ruidosamente del compartimento, haciendo que una mujer mayor que estaba lavándose las manos en un lavabo diera un salto. Cuando Hanna llegó a la esquina hacia la puerta, se detuvo en seco. Kate estaba sentada en el diván, aplicándose lápiz de labios, pálido, color salmón. Sus largas, esbeltas piernas cruzadas y se veía súper compuesta.
—¿Va todo bien? —Kate alzó sus profundos ojos azules a Hanna—. He venido para comprobar cómo estás.
Hanna sorbió por la nariz.
— Sí. Estoy bien.
Kate curvó hacia arriba sus labios.
—Sin ofender a tu padre, pero algunas veces puede decir las cosas más inapropiadas. Como aquella vez que iba a salir con este chico. Estábamos dejando la casa, y tu padre va y, “¿Kate? He visto que has escrito OB en tu lista de la compra. ¿Qué es eso? ¿En qué pasillo puedo comprar eso?” Estaba muerta de la vergüenza.
—Dios —Hanna sintió una punzada de compasión. Eso sonaba como a su padre, sin duda.
—Hey, no importa —dijo Kate gentilmente—. No iba con mala intención.
Hanna sacudió la cabeza.
—No es eso —miró hacia Kate. Oh, qué demonios. Quizás sí tenían un vínculo de chicas lindas—. Es… es mi ex. He recibido un mensaje que dice que está en la cosa esa de beneficencia Foxy con otra chica.
Kate frunció el ceño.
—¿Cuándo rompieron?
—Hace ocho días —Hanna se sentó en el diván—. Estoy medio tentada a ir allí ahora mismo y patearle el trasero.
—¿Por qué no lo haces?
Hanna se dejó caer hacia atrás.
—Me gustaría, pero… —hizo un gesto hacia la puerta que llevaba de vuelta al restaurante.
—Escucha —Kate se puso de pie y frunció el rostro ante el espejo—. ¿Porque no le culpas a algo de ese grupo de apoyo en el que estas? Di que alguien de allí te llamó y dijo que se sentía realmente muy débil, y que tú eres su compañera, así que tienes que ir a hablarlo con ella.
Hanna enarcó una ceja.
—Sabes muchísimo sobre grupos de apoyo.
Kate se encogió de hombros.
—Tengo un par de amigos que han pasado por rehabilitación.
Vaaaaale.
—No creo que sea una buena idea.
—Te cubriré, si tú quieres —ofreció Kate.
Hanna la miró por el espejo.
—¿De verdad?
Kate le devolvió la mirada significativamente.
—Simplemente digamos que te debo una.
Hanna se estremeció. Algo le decía que Kate estaba hablando de aquella vez en Annapolis. Le hizo sentir retortijones—que Kate se acordara, y que reconociera que había sido mezquina. Al mismo tiempo, le dio cierta satisfacción.
—Además —dijo Kate—, tú padre dijo que nos íbamos a ver mucho más. Deberíamos tal vez empezar con buen pie.
Hanna parpadeó.
—Ha dicho… ¿qué quiere verme más?
—Bueno, tú eres su hija.
Hanna jugueteó con el amuleto con forma de corazón de su collar de Tiffany. Le produjo un pequeño estremecimiento, escuchar a Kate decir eso. Quizás había reaccionado exageradamente en la mesa.
—Que… te llevara unas dos horas, ¿Cómo mucho? —preguntó Kate.
—Probablemente menos que eso —quería tomar el SEPTA hacia Rosewood y maldecir a esa zorra. Abrió su bolso hobo para ver si tenía billete de tren. Kate se detuvo delante de ella y apuntó a algo en el fondo del bolso.
—¿Qué es eso?
—¿Esto? —al mismo tiempo que Hanna lo sacó, quiso volver a meterlo. Era el Percocet que había robado de la clínica de quemados el martes. Se había olvidado.
—¿Puedo tener uno de esos? —Kate susurró emocionada.
Hanna la miró bizca.
—¿En serio?
Kate le dio a Hanna una mirada traviesa.
—Necesito algo para ayudarme a pasar este musical al que tu padre nos va a arrastrar.
Hanna le dio un paquete. Kate cogió las pastillas, se giró sobre sus talones y salió con confianza del baño. Hanna la siguió, su boca abierta pasmada.
Eso era lo más surrealista de la noche. Quizás si tenía que ver a Kate de nuevo, no sería un destino peor que la muerte. Incluso podría ser… divertido.

1 comentario:

  1. hola en serio adoro su blog me fasina ustedes no me podrian ayudar es q solo he leido los primeros 4 libros en donde podre conseguir los ldemas en formato de texto gracias

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